lunes, 16 de febrero de 2009

REDACCIONES LENGUA CASTELLANA


Un destino, una muerte


- Una mujer estaba sentada sola en su casa. Sabía que no había nadie en el mundo: todos los otros seres habían muerto. Golpearon a la puerta ...

Horas antes todo era diferente ... Era un día de finales de invierno de 1942. Un día cualquiera, en plena Segunda Guerra Mundial. En un pueblo inglés, se vivía en paz y tranquilidad. Pero nadie predecía lo que iba a ocurrir.

Eran las diez de la mañana, todo el pueblo iba a comprar al mercado. De pronto se pudo oír un ruido espantoso. Provenía de los campos. Poco después llegaron unos aviones, alemanes o italianos, nadie lo sabe. Dejaron caer bombas en todos lo rincones, en todos los rincones de ese pequeño pueblo. La gente, asustada, iba corriendo de un lado a otro, tropezando con los muertos tumbados en el suelo. Quién iba a decir que esa catástrofe iba a pasar, esa catástrofe que acabó con la vida de toda la población. De toda la población, no. Quedaba al menos una persona, herida pero viva, en medio de ese silencio que recubría todo el territorio.

Una mujer estaba sentada sola en su casa. Sabía que no había nadie en el mundo: todos los otros seres habían muerto. Golpearon a la puerta ... La mujer asustada no dijo nada, ni se movió de donde estaba. Golpearon otra vez, y la puerta se abrió. No había nada, ni nadie tras esa puerta. Pero de pronto se oyó una voz, una voz grave, de hombre. Después pasó por la puerta el dueño de esa voz. Un soldado británico al parecer, alto y fuerte. Fue hacía la mujer, la abrazó y la tranquilizó. Tranquila, la mujer le devolvió el abrazó. Su marido había vuelto y ella estaba viva para presenciarlo.

Manon Almellones

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