
La mujer que no podía morirse
Hay una mujer sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos han muerto con la llegada de los extraterrestres hace dos días, o eso cree. Golpean a la puerta. Aparece un hombre desangrándose y arrastrándose por el suelo, la mujer le mira, pero no reacciona, no se mueve. El hombre le pide ayuda, pero ella no se la concede y el hombre muere. La mujer se levanta, camina hacia la calle, todo está destruido. Pasa entre cadáveres y ruinas, sale del pueblo italiano, hasta llegar lo que dos días antes era un bosque. Junto al bosque quemado hay un barranco, lo contempla, lo observa, piensa en el hombre que ha muerto delante sus pies, lo envidia. Ella también quiere morir y se tira por el barranco. No le pasa nada, sale ilesa de la que tendría que haber sido una muerte rápida e indolora. A su lado hay una rama de árbol que está consumiéndose en llamas. La coge, las manos no se le queman, se la acerca al corazón, se la intenta clavar, intenta prender fuego a su cuerpo, pero no puede. No consigue morir, no consigue dejar de ser la única persona viva de este planeta. Llora desconsoladamente, pero no se da por vencida. Anda hacia la destrozada armería, busca entre los escombros y encuentra lo que quería. Una espada y una pistola. Se intenta clavar la espada pero su cuerpo la expulsa, se dispara una y otra vez, pero esas balas no consiguen traspasar su piel. Es como si Dios no consistiera que su último ser vivo muriera. La mujer se desespera, no sabe qué hacer, no quiere ser la única superviviente de la masacre de los extraterrestres. Busca por todas las casas del pueblo, pero no encuentra más que gente muerta y quemada. Coge un coche y se dirige a Roma. Otra vez revuelve todas las ruinas para ver si hay alguien vivo, pero otra vez fracasa. En este mundo no hay, aparte de ella, ni un miserable mosquito vivo. Sólo le queda una solución a la que no quería recurrir, rezar a Dios por primera, y espera que también por última, vez en su vida. Dirige su mirada al cielo y le suplica que la mate, que no la haga sufrir más. Pero no se mueve nada, ella sigue igual. Para ella esto no ha sido más que otra demostración que Dios no existe. Entonces ve un niño en la lejanía. Corre hacia él, pero cuando está a punto de llegar, aparece un extraño ser, repugnante, feo y viscoso que dispara al niño con una pistola muy extraña, pero a la vez eficaz: el niño muere. Ella se enfada, se enrabia, corre desesperada hacia el monstruo, éste le dispara pero no le hace ni un rasguño, nada. La mujer coge un pedrusco y se lo tira, lo machaca, en un ataque de rabia descontrolada, hasta matarlo. Entonces, cansada, se estira al mar de escombros hasta quedarse dormida.
Nunca despertará, el último ser viviente de la tierra.
Artur Margarit Sol
3rB
Nunca despertará, el último ser viviente de la tierra.
Artur Margarit Sol
3rB
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